Roma Underground
En mi nuevo libro URomanderground/El lado oculto del Imperio, os invito a dar un paseo por el lado oscuro de Roma, allí donde no llega la luz del Sol Invictus, allá donde viven los marginales: delincuentes, prostitutas, esclavos o los simplemente pobres. Es decir, casi la inmensa mayoría de la ciudadanía. Todo el mundo.
Aquí no hay mosaicos, ni obras de arte, ni palacios, ni vino del bueno, ni libros de poemas o banquetes. El humor, a veces sardónico, a veces brutal, siempre canalla, es lo único que nos queda; lo único bueno es que podemos reírnos de todo. Un humor que nos muestra la cara oculta de Roma, aquella de la que los historiadores no suelen escribir, pero que se ha colado entre las rendijas de los epigramas, de las comedias, de los epitafios, de las pintadas, de las Sátiras, que por cierto son el único estilo literario puramente romano…
En la antigüedad no había metro, pero sí había ‘underground’. Había una Roma Under, una Roma Cruda, la que no sale en las postales. Cuando hablamos o pensamos en Roma, normalmente pensamos en la Roma clásica, pero ¿qué es la Roma clásica? Una idea que va transformándose y elaborándose a través del cine y de las series y de los libros que leemos sobre esa Roma en la que Trajano era quien ‘partía el bacalao’.
El caso es que la realidad de la Roma antigua no es, no era, la que nos cuentan. Ni siquiera Roma es lo que era. La mayor parte de la Roma de verdad es más de comedia de Plauto, de sátira y metida de pata, que de lujo, sexo y brillantina; más de ir borracho por culpa de un vino malísimo que te has tomado en la Caupona, que de ir con la toga impoluta a dar el discurso que salvará a la República.
«Siempre serás pobre si eres pobre, Emiliano: hoy día las riquezas no se las dan a nadie más que a los ricos», decía Marcial y tenía razón… Los ricos cada vez son más ricos y los pobres somos cada vez más. Lo curioso es que esa Roma Underground, ese mundo oculto, se parece también mucho al nuestro. Es un mundo con carestía, con inflación, con una vivienda casi imposible de conseguir en la ciudad, un mundo en el que hay personas que se buscan la vida por mera supervivencia, criminales que saben que el Estado no es capaz de perseguirlo todo y políticos corruptos que se creen inmunes e intocables...
Sin obviar la valiosa información que recogen los novelistas antiguos o los humoristas como Marcial, Persio o Juvenal, para conocer a los romanos ‘de verdad’, hay que excavar bajo tierra, en lo profundo: resultan estar más presentes precisamente en sus objetos hallados por la arqueología que en los escritos de la literatura. Podemos encontrar a los romanos under en pedazos de vasija rotos, en muchas lápidas de gente del montón, en cualquier trozo de madera conservado por azar, en las ‘postales’ de Vindolanda, en las pintadas de Pompeya…
Aunque no fuera ‘importante’ para la Historia con mayúsculas, el hecho de que sus restos fueran enterrados y la excepcionalidad de su ejecución (y que nadie le sacara el clavo de su talón derecho) han hecho que sea singularizado y estudiado. Lo llamamos esqueleto 4926 y apareció enterrado a no mucha profundidad, menos de dos metros. Sabemos que tenía entre 25 y 35 años, que medía algo menos de 1,80 y que probablemente murió antes del año 360. Alguien le quiso o se apiadó de su alma lo suficiente como para pagarle un entierro. Un romano de la Roma under, uno di noi, uno de nosotros. Alguien sin historia, pero que la tuvo…
Roma, la under, la de verdad, de verdad olía más, y no olía mejor. Los romanos decían: Ubi Aglio Ibi Roma; donde huela a ajo, ahí está Roma, pero la cosa era bastante peor: En Roma estaba prohibido el tráfico durante el día, pero por la noche los excrementos de bueyes, mulas y demás animales que tiraban de los carros quedaban en la vía; no había servicio de recogida de basuras ni nada similar, salvo en muy contadas excepciones. A los propietarios de cada casa se les encargaba oficialmente mantener limpia la calzada aledaña, pero, en fin… A estos ‘perfumes nocturnos’ había que sumar que era habitual situar al pie de las escaleras de los edificios de pisos una dolium, una tinaja donde los vecinos vaciaban sus orinales cada día y que nunca era vaciada con suficiente frecuencia. Desde luego que la ciudad no olía a rosas…
Para paliar la pobreza, el Estado romano inventó lo que hoy llamaríamos subvenciones o paguitas… Ciento cincuenta mil familias romanas recibían subvenciones para poder comer. Primero el grano, luego pan y más tarde una compra variada, algo parecido a lo que hacen hoy los bancos de alimentos o la Cruz Roja. No hemos inventado nada… Esta subvención de alimentos, junto a la organización de festivales (Sí, también Ferias) y juegos por parte de las autoridades, es lo que le hizo decir a Juvenal aquello de panem et circenses:
«Este pueblo ha perdido su interés por la política (…) ahora deja hacer y solo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo». Ahora diríamos terracitas y Champions League…
El Imperio de principios del siglo II era también un mundo homogéneo y más pequeño que el nuestro, con uno o dos (el griego) idiomas universales, moneda única, ejército único, un espacio sin fronteras interiores. Hubo una época incluso en la que se podía enviar una carta tan solo poniendo el nombre del destinatario y el lugar, y llegaba… Así lo confirma, por ejemplo, una tablilla de cera, del siglo I, encontrada en Londres, en la que por primera vez en la Historia aparecería escrito el nombre de esta ciudad, junto al nombre de un romano de entonces: «En Londres, entregar a Magontio», dice la tablilla. Y es de creer que llegó. Me pregunto si hoy me escriben diciendo: En Madrid, entregarle a Paco, si llegaría… Seguro que así no, pero si pusiera mi mote…



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