La estética masculina en la Antigua Roma; afeitados.








"Qué horrible era su imagen, qué salvaje y qué terrible era mirarlo!...Se podría decir que estos hombres barbados son una imagen de la antigüedad, del viejo reino. Sus vestimentas de ese color púrpura casi marrón de la gente común que nos rodea, y su pelo, tan rústico, que en Capua, donde él fue nombrado decemvir, parece que hubiera necesitado toda la calle entera de Seplasia, llena de barberos y perfumistas, para que luciera un poco decente"...


(Cicerón, (106 AC-43 AC), hablando acerca de otro cónsul, Piso, a quien él denunciaba como corrupto).



Los romanos llegaron a formar una sociedad altamente organizada, con una estructura social bien definida, la forma de vestir y peinarse marcaba posiciones sociales, edad y creencias religiosas. Desde antiguo, lucir melena se asociaba a grandes virtudes masculinas. Así que los romanos, como otros pueblos antiguos acostumbraron a dejarse el pelo y la barba crecidos.


Pero a medida que se fue consolidando el Imperio, los hombres maduros cortaron su cabello y mostraron la cara afeitada, al menos hasta bien entrado el siglo II después de Cristo.

En los primeros tiempos del reino y durante gran parte del período de la República fue común el uso en los hombres de las barbas y los cabellos largos. Al final del período de la República, aproximadamente en el siglo III AC, la conquista de Grecia aporta a Roma una profunda influencia de toda la cultura griega, que incluía la costumbre de usar barberos y lucir bien afeitados.

En  el año 296 AC, Ticinius Mena, senador romano, vuelve a Roma desde Sicilia e introduce la costumbre de las barberías.


Según cuenta Plinio el Viejo, el primer romano importante que apareció afeitado fue el general y cónsul Escipión el Africano, siglo III AC. A partir de esa fecha, ése será el estilo de los hombres en Roma, hasta casi la caída del Imperio, donde vuelven a usarse las barbas y los cabellos largos.


La influencia griega trajo también la costumbre de los barberos y las barberías, que en Roma comenzaron también a ser centros de reunión de los hombres, donde, según se ha constatado en excavaciones arqueológicas, se sentaban en largos bancos de madera y pasaban el tiempo jugando a los dados.



Los  que cortaban y arreglaban las barbas se llamaban "tonsores" y las barberías "tonstrinaes".  La tonstrina, es decir la habitación del barbero, era un auténtico centro de cotilleo. Las barberías eran lugares de debate abierto, una suerte de foros públicos donde los ciudadanos ejercían su participación en torno a los temas de actualidad.





Los "tonsores" también hacían extracciones dentales ya en esa época. La operación del afeitado de las barbas era hecha sólo con agua y navajas de bronce afiladas con piedras, ("novaculae") o por medio de depilación con cera de abejas y pinzas depiladoras.

Los  patricios, gente de mejor posición social, tenían sus propios barberos dentro del conjunto de su servidumbre, para los clientes más pobres había tonsores instalados en la vía pública. Solo a los esclavos les estaba prohibido el afeitado bajo la aplicación de severas penas con lo que hubo un tiempo en Roma en el que lucir las barbas era sinónimo de servidumbre. 


El local estaría rodeado de bancos en los que esperaban su turno los clientes. Dentro el cliente se sentaba en un taburete, mientras el tonsor y los ayudantes (circitores) iban cortándole el cabello o arreglándoselo según la moda del momento, que venía determinada por el gusto del emperador.


De Augusto cita Suetonio: “...ningún cuidado se tomaba por el cabello, que hacía le cortasen apresuradamente varios barberos a la vez; en cuanto a la barba, unas veces se la hacía cortar muy poco, otras mucho, y mientras lo hacían leía o escribía.” (Augusto, LXXIX)



Ningún romano se afeitaba solo, ya que el defectuoso material y la grosera técnica de que disponían los condenaban a ponerse en manos del tonsor.

Tras un aprendizaje, el tonsor  obtenía permiso para abrir su propia tonstrina.


Las navajas barberas (novaculae) y los cuchillos que también usaban para afeitarse y cortarse las uñas eran de hierro, y se afilaban en una piedra, laminitana, originaria de Hispania, del Campo de Montiel. Las mejores en su género son las laminitanae de la Hispania Citerior(Laminium). (Plinio, Historia Natural)


El tonsor,-barbero-, cortaba el pelo con unas tijeras de hierro (fortex). La visita suponía un mal trago para cualquier ciudadano romano, sobre todo a la hora de afeitarse ya que no se utilizaba loción al emplear las navajas (novaculae) y los cuchillos (cultri), al margen del agua.




Los  frecuentes cortes sufridos por los clientes hicieron que el tonsor experto fuera muy apreciado y que aparecieran soluciones alternativas como los ungüentos depilatorios.


Para el afeitado se empleaban jabones rudimentarios o de aceite, pero al acabar el trabajo solo se aplicaba agua, servida en aguamaniles de plata.

El  propio Marcial menciona también a una mujer que ejercía el oficio de barbero, aunque no tenía buena reputación. 

Había multitud de demandas judiciales contra los barberos a causa de accidentes causados en el ejercicio de su profesión. Marcial recuerda a los transeúntes el peligro que un tensor puede entrañar.


Aquel que aún no quiera descender al mundo de los muertos, que evite al barbero Antíoco… estas cicatrices en mi barbilla, si podéis contarlas, pueden parecer las de la cara de un boxeador, pero no se produjeron así, ni tampoco por las garras de una esposa enfurecida, sino por la maldita navaja y la mano de Antíoco. La cabra es el único animal sensato: al conservar su barba, consigue vivir escapando a Antíoco”. 



Los más experimentados tonsores gozaban de cierta fama, como demuestra el epitafio que Marcial  (Epig. VI,52) dedica a Pantagathus .





“En esta tumba yace Pantagathus capricho y pena de su amo, Arrebatado en la flor de la edad Diestro en cortar cabellos desgreñados y en arreglar mejillas Híspidas con imperceptibles toques de navaja. Aunque le seas, tierra, como debes, propicia y liviana, No puedes ser más liviana que su mano.


Los barberos más renombrados eran excesivamente lentos:

“Mientras el barbero Eutrapelo repasa la cara de Luperco y le depila las mejillas, le crece una segunda barba.” (Marcial, VII, 83)

Algunos romanos antes de someterse a la tortura del tensor preferían ponerse en manos del dropacista, especialista en depilar con dropax, un ungüento depilatorio compuesto de resina y pez. También les frotaba con psilotrum, un ingrediente extraído de la vid blanca, o les untaba con otros preparados, como cuenta Plinio.


Se encuentran casos, también, donde se ha utilizado castoreum con miel, durante varios días, como depilatorio sin embargo, en el caso de depilatorio diario, los pelos deberían arrancarse antes de aplicarse. Augusto acostumbraba a quemarse el vello de las piernas con cáscara de nuez para que estuvieran más suaves, según Suetonio. También se usaban diversas sustancias como resina y brea, además de usar piedra pómez para alisar la piel.


Los romanos, desde los 20 a los 49 años, se afeitaban interponiendo un peine entre la piel y las tijeras, lo que no permitía un rasurado completo. A partir de los 49  años  podían rasurarse hasta la piel, tal y como se hace en la actualidad. Pensaban los romanos que el primer pelo de la barba nacía exactamente en la mitad del labio superior, bajo el cartílago nasal, y a ese primer pelo le llamaban Probarbium.

La primera barba al parecer, la que señala el tránsito a la vida adulta,  era apurada con el uso de pinzas, además este pelo era guardado en cajitas de oro o de plata que conservaban durante toda su vida.

La primera vez que un joven se ponía en manos del tonsor se celebraba una ceremonia religiosa: la depositio barbae, que se realizaba alrededor de los veinte años. El día de la depositio barbae, el tonsor cortaba con unas tijeras la barba primera (lanugo) que posteriormente se ofrendaba a los dioses, Apolo, Júpiter o Venus, o a los dioses domésticos, y se guardaban en recipientes de cristal o de oro incluso, y este ritual marcaba el paso definitivo a la madurez.



 De Nerón cuenta Suetonio:


“En los juegos gímnicos que dio en el campo de Marte, y en el transcurso de los preparativos del sacrificio, se hizo cortar la primera barba encerrándola en un cofrecillo de oro adornado con pedrería, y la consagró al Capitolio.”



Durante los tiempos de Juvenal, ricos y pobres festejaban esta fecha solemne según sus medios, preparando una gran fiesta a la que se invitaba a todos los amigos de la familia. Los jóvenes elegantes solían llevar una barba cuidada (barbula) hasta los cuarenta años como señal de juventud; llevar barba a partir de esa edad era signo de desaliño, de duelo o de calamidad, como Augusto, al conocer la derrota de Varo, quien “se dejó crecer la barba y los cabello durante meses” (Suetonio, Augusto, 23).



Los emperadores imponían la moda a seguir, a partir de Adriano fue costumbre lucir una poblada barba, como la de los retratos del emperador. Pero desde Constantino fue habitual el afeitado. Desde Julio Cesar a Trajano, todos los Emperadores mostraron sus rostros afeitados. Otón, incluso, se afeitaba todos los días en una costumbre que había adquirido desde su juventud.









Fuentes :
Augusto y el poder de las imágenes,traducción de P. Diener

239 anécdotas de la antigua Roma; Historia y vida
Los romanos: su vida y costumbres; E. Ghul & W. Koner

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