El arte de acercarse a los dioses: El sacrificio en la religión romana
El sacrificio es un acto religioso que, mediante la consagración de una víctima, modifica el estado de la persona moral que lo realiza o de ciertos objetos que le conciernen. Esta formulación supone la existencia de una víctima, tradicionalmente entendida como animal. Sin embargo, esta concepción resulta incompleta si no se incorporan las ofrendas vegetales —cereales, harina, habas, frutas, etc.— que también intervienen de manera fundamental.
El sacrificio cumplía múltiples funciones: honrar a una divinidad durante una festividad anual; obtener un beneficio concreto —una victoria militar, un viaje seguro, un nacimiento—; o recibir una respuesta ante una cuestión planteada (sacrificio adivinatorio). También existía el sacrificio de reparación (piaculum), destinado a remediar daños o prodigios, como un sacrilegio, un nacimiento monstruoso o cualquier fenómeno considerado ominoso. En estos casos intervenía la víctima piacularis, mientras que el resto de los sacrificios recurrían a la víctima honoraria.
El sacrificio desempeñaba un papel esencial en la religión romana —entendida como una práctica cultural orientada a apaciguar a los dioses y preservar el orden social—. El sacrificio también legitimaba el poder político y contribuía a garantizar la obediencia ciudadana al integrar a todos los miembros en un sistema compartido de valores.
En Roma existían dos términos para este acto ritual: sacrificare / sacrificium e immolare / immolatio. Este último no designaba originalmente la matanza ritual, sino el acto de espolvorear la mola sobre la víctima. Sacrificium, en cambio, hacía referencia a aquello que se consagra y pasa al ámbito divino. En este proceso, la pieza ofrecida se alteraba —se rompía, troceaba o transformaba— como signo del cambio de dominio.
La inmolación no implicaba necesariamente violencia, pues también existían oblaciones incruentas. Las inmolaciones cruentas servían además como complemento alimentario para la población: las clases populares se alimentaban de productos modestos, dicho de forma sui generis: —gachas, frutas, queso, verduras, legumbres y algo de carne, etc.—, mientras que la aristocracia tenía más acceso a la carne. De ahí que el sacrificio público funcionara como una forma de evergetismo que permitía a las élites ganarse el favor popular. El número de animales variaba según el ritual: desde una sola víctima para actos de expiación, tres en la suovetaurilia, o cien en una hecatombe, reservada a celebraciones excepcionales. Los sacrificios animales más habituales eran la suovetaurilia, compuesta por cerdo, oveja y buey, empleada en rituales de purificación.
En cuanto al sacrificio humano, aunque excepcional, está documentado en momentos críticos: en 226, 216 y 113 a. C. se enterró viva a una pareja de galos y griegos en el Foro Boario. Livio lo califica como minime Romano sacro, mientras que Plutarco afirma que el acto del 113 a. C. se siguieron instrucciones de los Libros Sibilinos. Otro caso ocurre en época de César, cuando dos soldados amotinados fueron sacrificados a Marte en el Campus Martius. Los sacrificios humanos fueron prohibidos por decreto senatorial en 97-98 a. C., aunque persistieron en Galia y el norte de África hasta Tiberio y Claudio. Esta prohibición favoreció en parte el desarrollo de los combates gladiatorios como sustituto ritualizado.
Sacrificios incruentos
Las libaciones (libationes) consistían principalmente en verter vino —aunque también leche, miel u otros líquidos— acompañaban a menudo los sacrificios cruentos e incruentos. El incienso y las maderas aromáticas constituían otra forma de ofrenda incruenta, utilizada tanto como acompañamiento como de manera independiente.
La segunda clase de sacrificio incruento consistía en la utilización del incienso, también era una ofrenda común que solía acompañar a los sacrificios sangrientos, pero también se quemaba como ofrenda independiente. El incienso auténtico parece haber sido utilizado solo en épocas posteriores, sin embargo, en tiempos antiguos se usaban varios tipos de maderas aromáticas, como cedro, higuera, vid y mirto, quemadas sobre los altares de los dioses. Otro tipo de sacrificios incruentos consistía en frutas y pasteles.
Las primeras se ofrecían mayoritariamente a los dioses como primicias de la cosecha, y como muestra de agradecimiento. A veces se ofrecían en su estado natural, y otras veces, adornadas o preparadas de diversas maneras. De este tipo eran las εἰρεσιώνη, una rama de olivo envuelta en lana y adornada con diversas clases de frutos; las χύτραι u ollas llenas de frijoles cocidos, platos con fruta, los diferentes tipos de panes que eran propios del culto a determinadas deidades.
Servio añade que en los sacrificios “lo representado se toma como verdadero”, lo que legitima la sustitución por figuras de pan o cera cuando los animales no están disponibles.
El sacrificio romano estaba estrictamente regulado. Cada divinidad exigía un animal específico: electae (elegidos) y egregiae (separados del rebaño), y siempre hostiae eximiae, impolutas y con características estéticas determinadas. Plinio menciona que solo agradaban a los dioses los bueyes cuya cola alcanzaba el corvejón. Pales recibía ofrendas lácteas; Cibeles, cerdas preñadas; Diana, ciervas; Júpiter, bueyes blancos (bouphonia); el Sol, caballos blancos; Venus, palomas; Hércules, una cabra canina. Los colores también importaban: víctimas blancas para dioses celestes, rojas para Vulcano y Robigo, y negras para divinidades infernales.
Durante las Parilia, la sangre del caballo sacrificado en el Equus October era empleada para fabricar el suffimen. Ceres y Tellus recibían cerdas gestantes; Marte, animales completos y no castrados; Júpiter, machos castrados. Asimismo, la edad diferenciaba hostiae maiores y lactentes.
En definitiva, el sacrificio romano aparece como un rito cuidadosamente regulado, pero lo bastante flexible para adaptarse a tradiciones locales y a las necesidades de cada comunidad, sin perder nunca su sentido profundo: servir de puente entre los seres humanos y los dioses.







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