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El arte de acercarse a los dioses: El sacrificio en la religión romana


Una colaboración de Marco Almansa Fernández. 
Doctor en Historia Antigua de Roma y Ciencias de las Religiones


El término sacrificium procede de sacrum y del verbo facere, y en su sentido más amplio significa «realizar una ceremonia sagrada» o «convertir algo en sagrado», es decir, trasladarlo del ámbito profano al dominio de lo divino. Esta consagración podía efectuarse sin necesidad de un sacrificio cruento. Para que existiera una inmolación, ya fuese cruenta o incruenta, debía intervenir el fuego, aunque en ocasiones bastaba el uso de incienso o el humo generado por la combustión de otros aromata.

El sacrificio es un acto religioso que, mediante la consagración de una víctima, modifica el estado de la persona moral que lo realiza o de ciertos objetos que le conciernen. Esta formulación supone la existencia de una víctima, tradicionalmente entendida como animal. Sin embargo, esta concepción resulta incompleta si no se incorporan las ofrendas vegetales —cereales, harina, habas, frutas, etc.— que también intervienen de manera fundamental.
Un axioma central del sacrificio romano es que era un rito realizado por una comunidad —una ciudad, un collegium o una familia— representada por su miembro jerárquicamente superior (emperador, magistrado, sacerdote/a o paterfamilias), con el fin de abrir un canal de comunicación entre el mundo humano y el sobrehumano. Ese vínculo perduraba mientras se desarrollaba el sacrificio, mediante una ofrenda normalmente alimentaria que permitía la mediación. El sacrificio consistía en un banquete ofrecido a la divinidad seguido de otro humano; la ofrenda podía ser animal o vegetal, o incluso productos derivados como miel, leche o queso. El sacrificio animal era el más prestigioso por incluir el momento de la muerte y la observación de las vísceras, y siempre debía intervenir el fuego, elemento integrador y purificador: «no hay sacrificio sin fuego».


Finalidad del sacrificio

El sacrificio cumplía múltiples funciones: honrar a una divinidad durante una festividad anual; obtener un beneficio concreto —una victoria militar, un viaje seguro, un nacimiento—; o recibir una respuesta ante una cuestión planteada (sacrificio adivinatorio). También existía el sacrificio de reparación (piaculum), destinado a remediar daños o prodigios, como un sacrilegio, un nacimiento monstruoso o cualquier fenómeno considerado ominoso. En estos casos intervenía la víctima piacularis, mientras que el resto de los sacrificios recurrían a la víctima honoraria.

El sacrificio desempeñaba un papel esencial en la religión romana —entendida como una práctica cultural orientada a apaciguar a los dioses y preservar el orden social—. El sacrificio también legitimaba el poder político y contribuía a garantizar la obediencia ciudadana al integrar a todos los miembros en un sistema compartido de valores.
Sacrificium e immolatio

En Roma existían dos términos para este acto ritual: sacrificare / sacrificium e immolare / immolatio. Este último no designaba originalmente la matanza ritual, sino el acto de espolvorear la mola sobre la víctima. Sacrificium, en cambio, hacía referencia a aquello que se consagra y pasa al ámbito divino. En este proceso, la pieza ofrecida se alteraba —se rompía, troceaba o transformaba— como signo del cambio de dominio.

La inmolación no implicaba necesariamente violencia, pues también existían oblaciones incruentas. Las inmolaciones cruentas servían además como complemento alimentario para la población: las clases populares se alimentaban de productos modestos, dicho de forma sui generis: —gachas, frutas, queso, verduras, legumbres y algo de carne, etc.—, mientras que la aristocracia tenía más acceso a la carne. De ahí que el sacrificio público funcionara como una forma de evergetismo que permitía a las élites ganarse el favor popular. El número de animales variaba según el ritual: desde una sola víctima para actos de expiación, tres en la suovetaurilia, o cien en una hecatombe, reservada a celebraciones excepcionales. Los sacrificios animales más habituales eran la suovetaurilia, compuesta por cerdo, oveja y buey, empleada en rituales de purificación. 
Sacrificios humanos

En cuanto al sacrificio humano, aunque excepcional, está documentado en momentos críticos: en 226, 216 y 113 a. C. se enterró viva a una pareja de galos y griegos en el Foro Boario. Livio lo califica como minime Romano sacro, mientras que Plutarco afirma que el acto del 113 a. C. se siguieron instrucciones de los Libros Sibilinos. Otro caso ocurre en época de César, cuando dos soldados amotinados fueron sacrificados a Marte en el Campus Martius. Los sacrificios humanos fueron prohibidos por decreto senatorial en 97-98 a. C., aunque persistieron en Galia y el norte de África hasta Tiberio y Claudio. Esta prohibición favoreció en parte el desarrollo de los combates gladiatorios como sustituto ritualizado.





Sacrificios incruentos

Las libaciones (libationes) consistían principalmente en verter vino —aunque también leche, miel u otros líquidos— acompañaban a menudo los sacrificios cruentos e incruentos. El incienso y las maderas aromáticas constituían otra forma de ofrenda incruenta, utilizada tanto como acompañamiento como de manera independiente.

La segunda clase de sacrificio incruento consistía en la utilización del incienso, también era una ofrenda común que solía acompañar a los sacrificios sangrientos, pero también se quemaba como ofrenda independiente. El incienso auténtico parece haber sido utilizado solo en épocas posteriores, sin embargo, en tiempos antiguos se usaban varios tipos de maderas aromáticas, como cedro, higuera, vid y mirto, quemadas sobre los altares de los dioses. Otro tipo de sacrificios incruentos consistía en frutas y pasteles.


Las primeras se ofrecían mayoritariamente a los dioses como primicias de la cosecha, y como muestra de agradecimiento. A veces se ofrecían en su estado natural, y otras veces, adornadas o preparadas de diversas maneras. De este tipo eran las εἰρεσιώνη, una rama de olivo envuelta en lana y adornada con diversas clases de frutos; las χύτραι u ollas llenas de frijoles cocidos, platos con fruta, los diferentes tipos de panes que eran propios del culto a determinadas deidades. 



También se realizaban tortas de harina, a veces también de cera, realizándose con la forma de algún animal y luego se ofrecían como sacrificios simbólicos en lugar de animales reales, ya sea porque no eran fáciles de conseguir o porque eran demasiado costosos para el sacrificador u oferente. Esta sustitución simbólica en los sacrificios también se manifestaba en otras ocasiones, ya que en lugar de ciervos se sacrificaban ovejas. Mientras que, en el templo de Isis en Roma, los sacerdotes usaban agua del río Tíber en lugar de agua del Nilo.

Servio añade que en los sacrificios “lo representado se toma como verdadero”, lo que legitima la sustitución por figuras de pan o cera cuando los animales no están disponibles.

Consentimiento simbólico de la víctima
En Grecia se interpretaba el movimiento de cabeza del animal rociado con agua como consentimiento. En Roma, si el animal escapaba tras ser asperjado con el vino y espolvoreada la mola salsa, debía ser sustituido por otra víctima. También se podía ejecutar la repetición total o parcial de la ceremonia sacrificial, instaurare, con el sacrificio de nuevas víctimas succidanea, para que su efecto religioso fuese completo. Este consentimiento era una ficción teológica: las argollas encontradas a los pies de algunos de los altares confirman que los animales intentaban huir y eran retenidos. 


Regulación y requisitos de la víctima

El sacrificio romano estaba estrictamente regulado. Cada divinidad exigía un animal específico: electae (elegidos) y egregiae (separados del rebaño), y siempre hostiae eximiae, impolutas y con características estéticas determinadas. Plinio menciona que solo agradaban a los dioses los bueyes cuya cola alcanzaba el corvejón. Pales recibía ofrendas lácteas; Cibeles, cerdas preñadas; Diana, ciervas; Júpiter, bueyes blancos (bouphonia); el Sol, caballos blancos; Venus, palomas; Hércules, una cabra canina. Los colores también importaban: víctimas blancas para dioses celestes, rojas para Vulcano y Robigo, y negras para divinidades infernales.

Durante las Parilia, la sangre del caballo sacrificado en el Equus October era empleada para fabricar el suffimen. Ceres y Tellus recibían cerdas gestantes; Marte, animales completos y no castrados; Júpiter, machos castrados. Asimismo, la edad diferenciaba hostiae maiores y lactentes

El simbolismo del color y de las características físicas de la víctima remitía a un sistema coherente de clasificación ritual. Así, los animales blancos se consideraban apropiados para dioses olímpicos o celestes; los negros, para deidades ctónicas; los rojizos, para divinidades asociadas al fuego o a la destrucción; y los animales recién nacidos o lactantes se destinaban a ceremonias relacionadas con la fertilidad o el renacimiento. Sin embargo, como demuestran las excepciones —desde Vofionus hasta el caballo de octubre, pasando por las cerdas preñadas de Ceres—, cada divinidad poseía un repertorio simbólico propio, resultado de sincretismos, tradiciones locales y ajustes cultuales acumulados durante siglos.
La elección de la víctima, en definitiva, no respondía únicamente a criterios teológicos, sino también a factores económicos, sociales y prácticos. En algunos casos la víctima ideal podía ser sustituida por otra equivalente —por ejemplo, por tortas rituales en forma de animal—, siempre que mantuviera el valor simbólico necesario para representar la ofrenda. La finalidad última del sacrificio, más allá de la ejecución técnica, era restablecer el equilibrio entre los seres humanos y el mundo divino, reforzando la cohesión comunitaria y asegurando la continuidad del orden religioso.

En definitiva, el sacrificio romano aparece como un rito cuidadosamente regulado, pero lo bastante flexible para adaptarse a tradiciones locales y a las necesidades de cada comunidad, sin perder nunca su sentido profundo: servir de puente entre los seres humanos y los dioses.



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