Los caballos en los ludi circenses

Caballos del hipódromo de Constantinopla S III IV hoy en Venecia


El héroe exclusivo de la arena era el auriga. Sin embargo, había otro héroe, aunque éste era un ser irracional: el Caballo.

La gente, apasionada por los caballos, hablaba frecuentemente de ellos, conociendo todas sus virtudes y defectos. Sabían  de memoria el nombre de todos sus favoritos.

Los más aptos para la carrera, aquéllos a los que el público seguía con más admiración, eran los funales: los caballos que corrían por el exterior y en especial, el situado más a la derecha, y cuya habilidad y destreza era vital para evitar que la cuadriga volcase al girar y rodear la meta.

A fin de que el espectáculo fuera lo más brillante posible, las facciones buscaban por todo el Imperio los mejores caballos de carreras. A finales del siglo IV, Vegecio clasificaba los caballos según fueran para la guerra, el circo o la montura.







Los  mejores para el circo eran los capadocios, seguidos de los sicilianos hispanos y africanos.

Pese a la buena reputación de los hispanos, éstos eran de vida más corta que otras razas. El Corpus hippiatricorum Graecorum también destaca los caballos de Arcadia, Cirene, Hispania, Capadocia, Tesalia, Mauritania, y Persia.


En esta obra, los caballos hispanos son definidos como duros y rápidos, veloces en el galope pero no aptos para la marcha.

Los caballos hispanos poseían fama de ser los más veloces. A pesar de que eran inferiores a los capadocios, no por ello dejaban de ser unos de los más famosos del Mediterráneo.












El poder imperial controlaba la  producción y tenía el monopolio de la compra y venta de estos animales. Una ley fechada el  1 de enero del año 371 decreta que los  caballos  de Capadocia que estuvieran debilitados a causa de un gran número de carreras, la edad u otra razón cualquiera deberían de  ser alimentados de los almacenes fiscales; es decir, que ni siquiera cuando estuvieran incapacitados para competir podían ser vendidos.
Los mejores caballos de carreras se encontraban en Capadocia. Sobre éstos se ejercía un férreo control que impedía que tales animales pudieran ser vendidos.


El poder imperial se apoderaba de los mejores caballos de raza existentes en el momento. Con este monopolio, el emperador se aseguraba del control de un abastecimiento permanente y, con ello, la tranquilidad de una realización de los juegos de primera calidad.

Esto no significa que tales caballos, al pertenecer en exclusiva al soberano, no participaran en los juegos públicos. El emperador es precisamente quien suministraba los mejores ejemplares para los espectáculos del pueblo. Incluso podía cederlos a los magistrados que debían organizar una editio.





Los animales más aptos tenían que destinarse siempre a correr en el circo, para lo cual se estableció una prohibición absoluta de que fueran asignados para una tarea diferente.

Pero así mismo La ley sigue concediendo a los factionarii el permiso habitual para comprar caballos de sangre española. Las facciones  tenían la opción de comprar algunos de los caballos mejor considerados de la Antigüedad: los hispanos, que  gozaban de un reputado renombre dentro de los que podían ser vendidos.



Se reguló  el uso de los nombres de los caballos griegos, para evitar que fueran cambiados y evitar todo tipo de fraude. En ocasiones, los  caballos de origen griego (considerados inferiores) se hacían pasar por otros de categoría superior, para conseguir de esta manera una ganancia mayor.
Los caballos  de menor prestigio eran objeto de fraude. En efecto, se cambiaba el nombre de su lugar de origen a fin de incrementar su valor en el mercado. 

A finales del siglo IV, Vegecio advertía en su tratado veterinario que algunos individuos cometían estafas acerca del lugar de origen de los caballos y de su raza para poder venderlos a un precio mucho mayor.




Los mejores caballos es decir, los poseedores de un mayor número de palmas y de victorias deberán ser asignados siempre a los espectáculos y jamás para ninguna ganancia privada.

Dentro de las cargas municipales de tipo personal, se encontraba el suministrar caballos para los espectáculos circenses. Estos animales estarían destinados a correr en los espectáculos que se organizaban en las provincias. Los caballos necesarios para su desarrollo provendrían, en la mayoría de los casos, de las yeguadas de los ciudadanos locales más acaudalados.

Los mejores ejemplares casi siempre estarían destinados a correr en Roma. Por tanto, en provincias deberían contentarse con los caballos más modestos de la producción local.



Fuentes:

Historia de España, III: España romana, Madrid, 1986.

Ocio y espectáculo en la Antigüedad Tardía Alcalá de Henares, 2001.

G. ALFÖLDY, Historia social de Roma, Madrid, 1987

J. ARCE, “Los caballos de Símmaco”, Faventia, 4, 1982, p. 35-44

Fotos Wikipedia.org


Comentarios

  1. Felicidades por el artículo.
    Según tengo entendido los caballos más famosos por su velocidad eran los lusitanos, que incluso existía el rumor de que las yeguas eran "preñadas por el viento".
    ¿Puede confirmarme esta información y hasta qué punto llegaron a rivalizar con los capadocios?
    Gracias!

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  2. El Corpus hippiatricorum Graecorum también destaca los caballos de Arcadia,
    Cirene, Hispania, Capadocia, Tesalia, Mauritania, y Persia. En otros pasajes de estaobra, los caballos hispanos son definidos como duros y rápidos, veloces en el
    galope pero no aptos para la marcha. Igualmente, se los compara con los de Mauritania y Libia. Finalmente, la Expositio totius mundi et gentium destaca, entre los productos de exportación de Hispania, sus caballos.

    Quizá se trate de una de las más antiguas leyendas relacionadas con Hispania, a la que incluso Homero hace referencia en la Ilíada, y que nos cuenta que estas yeguas lusitanas eran fecundadas por el viento del Oeste, el Zephyrus, como lo llamaban los griegos. De tal unión las yeguas daban a luz unos potros veloces «como el viento», aunque solían tener muy corta vida. Los caballos lusitanos fueron admirados en las carreras que se celebraban en cada uno de los confines del Imperio romano, y era tal la pasión que se sentía por ellos que, en no pocas ocasiones, aparecen representados en mosaicos.


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  3. Gracias Maribel, un placer leer tus artículos.

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